El Cuerpo que Recuerda · para leer despacio · 3 min
Cuando el cuerpo dice basta antes que la boca
🌙 escrito bajo la luna que crece
El cuerpo suele decir basta mucho antes que la boca. El problema es que una, entrenada en cumplir, puede pasar años haciéndose la sorda. Primero aparece una contractura. Después un cansancio raro. Luego un dolor de espalda, una opresión en el pecho, una digestión rebelde, una ansiedad que se sienta al borde de la cama y no se va. El cuerpo habla en síntomas cuando la palabra llega tarde.
Yo tragué muchas cosas. Improperios, angustias, silencios, desaires, miedos. Los tragué creyendo que era paciencia, amor, fortaleza o estrategia para no empeorar las cosas. Pero el cuerpo no distingue justificaciones elegantes. Lo que no se expresa se aloja. Y lo alojado, tarde o temprano, pide espacio.
Hubo épocas en que mi espalda era archivo. Allí se acumulaba lo que no decía. Cada músculo apretado era una frase retenida. Cada contractura, un límite no puesto. A veces terminaba dura como si hubiera cargado bolsas de cemento, pero lo que cargaba eran demandas ajenas, vínculos tensos, responsabilidades, emociones sin procesar. El cuerpo hacía de depósito porque mi boca seguía siendo diplomática.
Hasta que aprendí a escuchar.
No de golpe. Nadie se vuelve sabia un martes a la tarde. Fui aprendiendo por repetición. ¿Qué pasa antes de que duela? ¿Con quién estaba hablando? ¿Qué dije que no quería decir? ¿Qué callé? ¿Qué acepté por costumbre? ¿Qué emoción me dio vergüenza admitir? El cuerpo tiene contexto. Un dolor no siempre es solo físico, aunque tampoco todo síntoma debe convertirse en poema. Discernimiento, otra vez. Consultar cuando corresponde y escuchar lo simbólico cuando aparece.
Descubrí que mi cuerpo se cerraba ante ciertas personas. Que algunos mensajes me generaban nudo en el estómago. Que determinados ambientes me dejaban exhausta. Que mi energía bajaba cuando volvía a lugares donde ya no era yo. Esa información era valiosa. Mi cuerpo estaba siendo honesto antes que mi mente, que todavía buscaba excusas para justificar lo injustificable.
Decir basta con la boca fue liberador.
Al principio salió torcido, con culpa, con demasiada explicación. Después mejoró. “No puedo”. “No quiero”. “Esto no me hace bien”. “Hasta acá”. Cada límite dicho a tiempo le quitó trabajo al cuerpo. No desaparecieron todos los dolores, pero cambiaron de idioma. Ya no necesitaban gritar tanto.
Hoy intento no esperar al síntoma fuerte. Si la espalda avisa, pregunto. Si el cansancio pesa demasiado, paro. Si algo me contrae, observo. Mi cuerpo no es obstáculo para mi vida; es brújula. Una brújula imperfecta, humana, a veces dramática, pero brújula al fin.
Cuando el cuerpo dice basta, no está traicionando. Está intentando salvarnos de seguir viviendo contra nosotras mismas.