Mis Otras Vidas · para leer despacio · 9 min
Las vidas que me sueñan de noche
🌙 escrito bajo la luna que crece
Hay noches en que no duermo: viajo. Cierro los ojos y algo en mí cruza puertas que durante el día ni siquiera veo. Los sueños llegan con sus símbolos, sus muertos, sus escenas absurdas, sus mensajes disfrazados, sus imágenes imposibles. A veces despierto confundida. Otras, emocionada. Algunas, con la certeza de que no fue solo un sueño, sino una conversación en otro idioma.
No pretendo convencer a nadie.
Los sueños son territorios íntimos. Quien necesita explicarlos todos desde la neurología, que lo haga. Quien quiere verles mensaje a cada detalle, también. Yo camino por un punto intermedio, como casi siempre: escucho. No todo sueño es profecía. A veces es digestión emocional, ansiedad, memoria mezclada, escenas del día con vestuario extraño. Pero otras veces, vaya, otras veces el sueño trae una precisión que te deja sentada en la cama, respirando bajito, como si hubieras vuelto de una reunión secreta.
A mí me ha pasado.
He soñado con muertos queridos. Con mi padre, con abuelas, con madrinas, con personas que ya no están en este plano y que, sin embargo, aparecen con una presencia más nítida que muchos vivos. No siempre dicen mucho. A veces miran, abrazan, están. Otras dejan frases. Mensajes. Sensaciones. Una despierta y el cuerpo sabe que recibió algo.
Recuerdo un sueño especialmente intenso.
Estaban varios de mis muertos amorosos reunidos, como si hubieran armado una especie de fiesta familiar en otra dimensión. Mi padre, abuelas, mi madrina. Había alegría. Una alegría rara, liviana, sin el peso de la enfermedad ni de las despedidas. En el sueño me hablaban de paciencia, de abundancia, de viajes, de Connie, del amor, de que algo llegaría. Me decían, de alguna forma, que me acompañaban. Que no estaba sola.
Al despertar, había una señal concreta esperándome.
Una entrevista laboral, una posibilidad que se abría después de tiempo. Y ahí estaba otra vez esa sensación: el universo, o la vida, o el inconsciente, o mis muertos —que cada cual lo nombre como pueda— había hablado antes de que el día trajera su noticia.
Yo creo en esas cosas.
No de manera ingenua. No creo que cada sueño venga con certificado de garantía celestial. Pero creo que la vida tiene capas. Que la mente consciente apenas administra una parte del edificio. Que debajo hay sótanos, pasadizos, archivos, antenas. Que los vínculos profundos no se cortan del todo con la muerte. Que los muertos queridos pueden seguir viviendo como fuerza, como frase, como intuición, como sueño.
Mi padre me visita.
A veces de forma clara. Otras, apenas como sensación. Su frase “somos instantes” aparece incluso cuando no sueño con él. Me despierto pensando en eso. En lo que no dije, en lo que sí pude decir, en la suerte enorme de haber tenido esa última charla donde el amor se puso en palabras. Muchos duelos quedan llenos de frases pendientes. El mío, con él, tuvo dolor, claro, pero también una paz: pudimos decirnos.
Quizás por eso mis sueños con él no suelen traer reproche.
Traen enseñanza.
El mundo onírico me conecta también con mis otras vidas internas. A veces sueño con casas. Muchas casas. Casas enormes, desconocidas, con habitaciones ocultas, escaleras, sótanos, puertas que no sabía que existían. No hace falta ser psicoanalista con pipa para entender que mi mente insiste en mostrarme mi propia arquitectura. Cada casa es una versión de mí. Algunas están en ruinas. Otras en obra. Otras tienen habitaciones bellísimas que todavía no habito. Los sueños me las muestran como diciendo: mirá, esto también está.
He soñado con agua.
Ríos, mares, inundaciones, olas. No me sorprende. Soy agua por donde se me mire. Pisciana, emocional, fluctuante, profunda. El agua en mis sueños suele traer estados internos. A veces estoy sumergida, otras cruzo, otras miro desde la orilla. Cuando el agua está calma, despierto con cierta paz. Cuando está turbia o desbordada, sé que algo pide atención. Mi inconsciente no es sutil con las metáforas, pero se agradece la claridad.
También sueño con caminos.
Senderos, viajes, trenes, autos futuristas, rutas, montañas. Sueños donde voy hacia algún lugar sin saber del todo cuál. Eso también es mi vida. Ir. Moverme. Buscar. Empezar. A veces los sueños anticiparon decisiones. Antes de mudarme, antes de ciertos cierres, antes de cambios importantes, aparecían imágenes de traslado, equipaje, casas nuevas, puentes. Como si una parte de mí ya estuviera caminando antes que el cuerpo.
Las vidas que me sueñan de noche son esas posibilidades que no siempre alcanzo de día.
La Gaby que conversa con los muertos. La que entiende símbolos sin pasar por la razón. La que recibe advertencias. La que abraza a versiones pasadas. La que se encuentra con personas que ya no están. La que visita casas internas. La que ensaya despedidas. La que prueba futuros. La que libera emociones que durante el día no tuvieron espacio.
Soñar también es trabajar.
No en el sentido productivo, por favor, que ya bastante colonizó la productividad nuestras horas despiertas como para meterla en la cama. Hablo de trabajo psíquico, espiritual, emocional. El sueño acomoda. Procesa. Une. Desarma. A veces una se acuesta con un problema y despierta con otra perspectiva, aunque no recuerde el sueño. Algo se movió.
Por eso respeto mis noches.
No siempre duermo bien. Mi mente, inquieta, curiosa, aventurera, a veces decide que las tres de la mañana es un horario excelente para revisar la existencia completa. Pero cuando logro entregarme al sueño, hay una parte de mí que viaja. Y al despertar intento escuchar. ¿Qué quedó? ¿Una imagen? ¿Una frase? ¿Una emoción? ¿Un cuerpo más liviano o más tenso? El sueño no siempre necesita interpretación inmediata. A veces necesita ser escrito.
Escribir sueños es darles tierra.
Si no, se evaporan. Los sueños son como humo: al despertar parecen nítidos y cinco minutos después quedan apenas restos. Cuando escribo, rescato algo. No para convertirlo todo en relato literal, sino para dejar constancia de ese otro mundo. Muchas de mis intuiciones nacen ahí. Muchas escenas de escritura también. El inconsciente es un gran narrador, aunque no respete estructura clásica y tenga una afición excesiva por mezclar personas de épocas distintas en escenarios imposibles.
Hay sueños que me sanaron.
Sueños donde pude abrazar a alguien que en la vida real ya no podía. Sueños donde dije lo que no dije. Sueños donde una versión mía recibía cuidado. Sueños donde aparecía una abuela con una frase sencilla. Sueños donde mi padre estaba entero. Sueños donde Connie y yo estábamos en paz. Una despierta y tal vez nada cambió afuera, pero adentro hay una reparación mínima.
No subestimo esas reparaciones.
La vida diurna muchas veces no permite cierres perfectos. La muerte llega, los vínculos se cortan, las conversaciones quedan truncas, las personas no saben o no pueden responder como necesitamos. El sueño, a veces, ofrece una escena simbólica para cerrar lo que la realidad dejó abierto. No reemplaza, pero acompaña.
También hay sueños incómodos.
Pesadillas, ansiedades, escenas de pérdida, persecuciones, casas que se caen, llamadas que no se contestan. No los rechazo. Pregunto. ¿Qué parte de mí está asustada? ¿Qué estoy evitando? ¿Qué emoción no encontró lugar de día y vino de noche a golpear la puerta con dramatismo? Las pesadillas, si una se anima a mirarlas, también traen información. Son cartas del sótano, escritas con letra desprolija.
Mi bruja interna les presta atención.
Mi parte racional toma nota y no deja que me vaya de mambo.
Entre ambas intento vivir el sueño como puente, no como jaula. No quiero obsesionarme con interpretar cada símbolo hasta perder el día. Pero tampoco quiero despreciar un lenguaje que me ha dado tanto. Los sueños me han mostrado duelos, deseos, miedos, señales, presencias. Son parte de mi vida espiritual y creativa.
En Tenerife sueño distinto.
No sé si por el mar, por la isla, por el cambio de vida o por todo junto. El océano se metió en mi imaginario. El volcán también. A veces sueño con alturas, con costas, con caminos que suben. La isla parece haber entrado en mi inconsciente como escenario y como maestra. Me pregunto qué sueños tendrá una mujer recién trasplantada a tierra volcánica. Tal vez sueños de erupción, de raíces nuevas, de fuego bajo la superficie.
Mis noches ahora mezclan geografías.
Zárate, Montevideo, Córdoba, Tenerife, Pontevedra imaginada. Casas de antes con paisajes de ahora. Personas muertas en lugares nuevos. Connie niña y adulta en la misma escena. Mi padre joven, mi madre de otra época, perros que ya no están o que todavía siento. Los sueños no respetan fronteras, y eso me gusta. Son migrantes absolutos.
Quizás por eso me identifico con ellos.
Yo también mezclo tiempos. Vivo en Tenerife con olor a pan de Zárate, con río Paraná en la memoria, con sierras cordobesas en las piernas, con Galicia en el apellido, con Uruguay en el origen, con luna llena en el alma. Soy una geografía soñada por muchas vidas. De noche, esas vidas se visitan.
Y yo las recibo.
No siempre entiendo qué quieren. A veces solo vienen a recordar que no estoy hecha de una sola línea temporal. Que dentro de mí conviven niñas, madres, ancestros, deseos futuros, versiones paralelas, muertos amorosos, heridas, posibilidades. Que la identidad no es un punto fijo, sino una constelación en movimiento.
Soñar me enseña humildad.
La mente consciente no manda tanto como cree. Hay una sabiduría subterránea trabajando incluso cuando descansamos. Eso me tranquiliza. No todo depende de mi voluntad. No todo se resuelve pensando. A veces hay que dormir y dejar que el alma ordene con sus propios métodos, aunque al despertar solo nos entregue una imagen absurda de un auto futurista llevando parientes muertos a una fiesta familiar.
El alma tiene sentido del humor.
Y yo se lo agradezco.
Las vidas que me sueñan de noche me recuerdan que la realidad es más amplia que la agenda. Que mis muertos siguen en mí. Que mis deseos buscan caminos. Que mis miedos piden escucha. Que mi escritura también nace cuando no estoy controlando. Que la noche no es solo oscuridad; es taller secreto.
Por eso, antes de dormir, a veces dejo una pregunta.
No siempre recibo respuesta. O no la recuerdo. Pero el gesto importa. Es como tocar una puerta interna y decir: estoy dispuesta a escuchar. Algunas noches no pasa nada. Otras, el sueño abre.
Y cuando abre, entro.
Con cautela. Con curiosidad. Con respeto.
Porque en esos territorios me esperan mis otras vidas, las que fui, las que no fui, las que pude ser, las que todavía me están soñando desde algún lugar del tiempo.
Y al despertar, si tengo suerte, traigo una miguita de ese mundo.
Una frase. Una imagen. Una certeza.
Lo suficiente para seguir escribiendo esta vida despierta con un poco más de magia.